viernes, 25 de junio de 2010

Escritos de 2009

Sí, llegó el momento, localizé el lugar idóneo en mi mansión de soledad, cerré la puerta y me dirigí a mi cama, rodeada del aura abrumante de humedad. Me tumbé en ella y borbotearon de mis ojos lo que tanto había deseado, ¡lágrimas!. Se aceleraban los latidos de mi corazón y se me atragantaba la respiración, pero poco a poco fui sintiéndome mejor, más alegre, más sola. ¿Por qué lloraba? No lo sabía, pero algo sí reconocí y eso era que, tal vez, derramé lágrimas por todo lo que había contenido y negado a verter. Sin embargo, finalmente se agotaron mis sollozos y regresé al mundo. Salí, caminé entre las solitarias personas y volví a ahogarme en gritos de júbilo mientras nos acompañábamos con escuetas y superficiales miradas. Yo sonreía interiormente aunque nadie pudo verlo.
Y de nuevo regresé con mi ausente gesto a mi aislamiento.
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Las palabras se difuminan con el viento.
No entiendo por qué nos empeñamos en el regocijo de ellas mientras le restamos importancia a la sutileza de las miradas.
Podemos pasar segundos, minutos, horas, días, meses, años, hablando con alguien y no haber descubierto aún el color exacto de su iris. Los ojos desnudan el alma, son el pasaporte a un mundo remoto lleno de incógnitas inesperadas.
Y sólo necesitamos unos pocos segundos para descubrirlo.
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Se entreabre un leve átomo de oscuridad cuando bajo los párpados y oigo tu despertar, que me llama. Ajenos a la correspondencia de tus labios, se me adormecen arrancando bocanadas de aire. Y mientras, tu contaminante aroma que intoxica momentáneamente mis pulmones se ancla tras tu apariencia. La artificial magia es difícil de borrar, las espinas se clavan en mis venas hasta que arrastran la última gota de sangre. Mas son quebrantables las fantasías. Tu voz me grita ya tan lejos que no me alcanza y me duele. Sufro una terrible agonía que vierte humaredas y roba mis sonrisas. Decide transformarlas en medias y no en falsas, en verdaderas y no en sinceras. Cuánto quede de este gusto amargo terminará despidiéndose con un provisional adiós, pero volará en medio de la noche y el día suspendiéndose en la atmósfera.
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Y sintió el voraz impulso de arrojar todo por la ventana. Cómo podía ser posible. La herida se había cerrado por completo, o al menos, eso era lo que creía. Pero cuando lo vislumbró ahí, entre aglomeraciones de silencios, ansió avanzar hacia él y arrastrarlo para siempre consigo.
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¿Crees que una situación puede permanecer intacta para siempre? El tiempo nos da y nos quita, y al final sólo queda lo que hemos cosechado o las cenizas de lo que hemos dejado pudrir. No más. Es sumamente fácil vivir así sin pensar ni reflexionar sobre las consecuencias de nuestros actos, creer que atravesaremos cualquier camino cuando ni siquiera hemos pasado por ellos. No, las cosas no son tan sencillas. Las oportunidades se deben aprovechar o dejar pasar, las posibilidades inherentes desde nuestro nacimiento nos permiten el lujo o la desgracia de tener buena suerte o todo lo contrario. Y aún así nos atrevemos a patalear porque no podemos realizar nuestros caprichos. Tal vez sea que hay algo más que un capricho que se nos escurre entre los dedos, que escondemos en el rincón más oculto y que no pretendemos sacar a la luz. ¡Ah! Y sí, eso es muchísimo más que un capricho, pero nos empeñamos en ver las minuciosidades y apartar aquello que no queremos descubrir.
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A intervalos se siente ridícula. Observando a lo lejos sombras de gente, colores indefinidos. Se oyen pájaros silbando en los gigantes árboles que contempla. Está sentada en un banco, frente a una iglesia erigida años atrás. Con los árboles amurallados bajo una capa de cemento. Ruido de coches, viento, voces. Silencio. Fragmentos de basura rodando por el suelo, con vaivenes inciertos. Aire ligero acelerando su velocidad. Tranquilidad. La vislumbran remotamente suponiendo el qué hace mientras sus rizos se enmarañan con la atmósfera. Y hablan, inventan relativas teorías, cruzándose contrariedades. Diversidad de sensaciones. Tumulto de bolígrafo acude a su llamada. Aprecia su respiración indagando la estructura de la iglesia, ve a un hombre surcándola por las afueras. El verde tóxico se refleja en las direcciones ejecutadas por el pequeño ramillaje. Y aparece de nuevo ese hombre, haciendo fotos de la magnificencia de la pintoresca arboleda. Ahora de la iglesia. Ofrece pintas de montañero, perro viejo. Con la mochila bien fijada. Oh. Música. Tradición de su pueblo: timple, laúd, guitarra; que se escucha de fondo. En este momento, la fuerza sostiene la escoria y es arrojada a su contenedor. Pitas escuetas, ladridos de perros. Movimiento de pasos. Dueña y perro ladrando dan un paseo. Naranja colorido y peludo. Vacío de calles de nuevo. No, se regocijan risas. Más gente, más pasos. Acercándose y alejándose, viviendo vidas. Surtido de trescientos mil colores. Sin embargo, ella sigue sin determinar cuál será el suyo.
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jueves, 24 de junio de 2010

Relato

I
Me arroja y aparta con su mirada, con sus ojos débiles, superfluos y ciegos. Siempre intenté convencerla para que se pusiese algo sobre ellos, unas lentes, por ejemplo, de esas que se anunciaban en la televisión, y así podría lograr atisbar alguna diferenciación de matices. Pero bueno, el amago fue banal y un completo fracaso: jamás conseguí convencerla para nada, ningún asunto. Entonces, decidí que la tendencia sería hacerla reaccionar, que se disparase una mecha y comenzara una carrera sin freno. Bien, una idea pasó por mi mente: coger cosas y esconderlas. Desde luego, no serían cosas relevantes, sino más bien objetos con fútiles aplicaciones, por ejemplo, uno de esos zapatos o vestidos que jamás se pondría. Apenas se percataría de su ausencia, tras largo tiempo y vanos intentos de encontrarlos, terminaría por aceptar que eso no había sido nunca suyo. Ni siquiera se acordaría de esas cosas, seguramente no. Pues bien, cogí un vestido azul y lo arrimé en un cajón de mi ropero. Al día siguiente, cuando ya se había ido a trabajar, le arrebaté tres pares de zapatos y los escondí bajo mi cama. Creo que no eran buenos lugares para ocultarlos, pero con la misma creo que también eran los mejores. ¿Cómo se le iba a pasar por la cabeza visitar mi cuarto? ¿Cuánto tiempo estaba fuera de casa, trabajando? ¿Cuánto tiempo permanecía fuera haciendo no sé qué cosas ni con quién? Al fin y al cabo nos veríamos poco. Con tantas ocupaciones creo que rozaba lo ridículo el robo. Por suerte, semanas posteriores, terminó por darse cuenta y se dirigió a mí:
- Ey. ¿Tú sabes dónde se encuentra mi vestido azul turquesa, ese que me puse para la boda de Roberto hace tres años?
- ¿Ese? ¿No se supone que lo tiraste a la basura días después de la boda, cuando la novia de Roberto te tiró encima un trozo de tarta? Creía que no lo querías volver a ver.
- No... Creo que al final me lo quedé. Esa fue una idea loca y de arrebato que se me pasó por la cabeza cuando me enfadé con esa mujer.
- Ya, supongo. Pues no lo sé, indaga en tu armario, debe de estar ahí.
- Sí... lo llevo buscando un buen rato y nada. Quizá lleves razón, debí haberlo tirado... En fin, cogeré otro.
- Bien.
Se puso el otro vestido y se largó, bueno, mejor para mí. La casa rezumaba soledad con su ida y me puse a tocar el violín imaginando su reacción cuando le quedasen aun menos vestidos. De los zapatos no dijo nada -para salir siempre se ponía los mismos y esos no se los quitaría-. A la madrugada llegó y se tiró en el sofá, estaba tan agotada que apenas se quitó los zapatos. Rápidamente durmió.

II

Nos despertó al unísono un golpe seco. Creímos que fue el vecino que vivía al  lado, quizá en un instinto de rabia, a saber. Era un hombre decrépito, sobre los cincuenta, que vivía solo y se dedicaba a contar el número de personas que pasaba por la calle, desparramado en la silla de su balcón. Sin embargo, erramos (¡una vez más!): el ruido provenía de nuestro propio hogar. Concretamente de nuestra puerta, alguien nos reclamaba, pretendía llamar nuestra atención y comunicarse con nosotras cuanto antes. Así pues con mi rostro somnoliento me dirigí a abrir. Me paré abruptamente en las inmediaciones del pasillo, me peiné ligeramente con la mano derecha, respiré a grandes bocanadas y con cierta brevedad en los lapsos finales retorné el camino hacia la puerta y abrí.
- Perdone. ¿Es usted la señora Gindos?
- No... Ella vive aquí. ¿Por qué pregunta por ella?
- Pues es un asunto privado. ¿Usted es su familiar?
- Así es. Y ahora mismo está durmiendo, odia las visitas inesperadas.
- Bueno, entonces hablaremos con usted y esperamos que se lo comunique con la mayor brevedad posible. ¿De acuerdo?
- Por supuesto. Empiece pues. No tengo todo el día.
- Bien. Vea esto que tengo aquí, es un vestido azul y hemos descubierto que le pertenece a la señora Gindos.
- Pe.. pero.... ¿cómo? Es imposible, si estaba....
-Ese vestido ha estado deambulando por toda la calle principal, ocasionando pequeños incidentes con los transeúntes. En vista de que no desaparecía el vestido hemos decidido cogerlo y tirarlo a la basura, pero al percatarnos de la alta calidad del vestido, supusimos que su dueña querría conservarlo.
- Qué extraño. Muchas gracias señores. Ya pueden irse.
- No. Necesitamos hablar con la dueña del vestido.
- ¿Para qué?
- Obviamente para devolvérselo.
- Creo que es absurdo... ya no merece la pena. Está en un estado lamentable, de verdad, esto es completamente ridículo.
- De acuerdo. Entonces vendremos en otro momento para hablar con ella a solas.
- No.... - Cesó de hablar abruptamente ante la inminente marcha de los agentes.
Bueno, sería mejor así, no sabría cuándo volverían pero al fin y al cabo poco le importaba. ¿No era así?

III

- ¿Así qué los has echado de aquí? ¿Sabes cuánto me costó conseguir ese vestido y el abismal aprecio que le tengo? A saber cuándo volverán con el vestido, se lo han llevado...
- Lo siento, madre. No era el momento apropiado para... despertarte.. creo que...
- ¿Crees qué? Estoy cansada, estoy harta de tu ineptitud, no sabes hacer absolutamente nada. Ni estudiar ni trabajar ni siquiera ayudar a tu pobre madre, tan sólo te dedicas a tocar el violín todo el rato. Y... ¿quién te mantiene?
- Tú, mamá, perdona. Me voy a coger algo de fresco... Hasta luego.
Le impedí volver a dirigirme alguna palabra pues casi corrí hacia la puerta cogiendo ávidamente el bolso y la chaqueta. Sí, tenía razón en todo lo que decía. Fue una idea estúpida robarle todas aquellas cosas, pero no me explicaba cómo ese vestido se había inopinadamente transportado a otro lugar, a la calle misma, quizá en un instante de desinhibición lo habría acercado al borde de la ventana y había caído. Quizá. Era lo más probable. Empecé a deambular... y vislumbré tantos rostros teñidos de terror, tantos párpados hinchados y comencé a preguntarme qué era de sus vidas. ¿Realmente eran tan decrépitas y estaban rodeadas por un aura de tedio? Por qué la melancolía se ceñía a sus caras fue una pregunta de la que no obtuve respuesta, no obstante, la inocente y usual alegría y desparpajo de los niños me sorprendía. Llegué incluso hasta a preguntarle a uno de ellos "¿por qué estás tan feliz?", cuando un padre estuvo momentáneamente ausente y lejos del alcance de la voz del niño, no de sus gritos en caso de que sucediese algo desagradable. El dulce e impulsivo niño me respondió con una voz cortante y a la vez angelical: "No lo sé". Y se quedó su rostro dubitativo en mis pupilas mientras me iba hacia otro lugar a divagar o a hacer algo mejor que no hacer nada. Tenía que asentarme en la realidad, realidad, parar de una vez las incisivas elucubraciones que me cubrían a cada instante. Ya era hora de acabar con las farsas, de poner los pies en la tierra. Devolvería todo a mi madre, le diría la verdad, buscaría su vestido y, por fin, buscaría un lugar donde trabajar. Sí, la irrealidad me consumía, la adoraba, el arte, los museos, ver los cuadros durante horas a solas o con compañía, y la música, la música era mi vida, pero ya había intentado banalmente vivir de ella sin resultados palpables. Así pues, había de retornar a casa.

IV

- Hola, ha sido culpa mía, todo lo que ha desaparecido te lo he quitado yo. Tu vestido azul incluido... ¿Hola?
Nadie me respondía, hablé como una autómata sin percatarme de que la casa estaba vacía y de que el propio vestido estaba sobre la cama de mi madre. ¿A dónde habría ido? Qué despiste, había dejado las ventanas abiertas y el cielo se comenzaba a nublar... Me fui a buscar todas las cosas que le había robado tan puerilmente y me percaté de que ya no estaban; habían desaparecido y ella se las había llevado, las había descubierto y yo no estaba ahí para explicarle mis razones.. Pero, ¿qué razones había? Prf. Qué súbita somnolencia me venía cuando me paraba a indagar los motivos inexistentes. ¿Qué me pasa? En claro no sacaría nada, así que seguí investigando por toda la vivienda el rastro materno.  Su ropero estaba semivacío, parecía como si el cuarto entero estuviese medio lleno, le faltaban algos. Ahora no me percataba de qué y sin más y sin palabras amalgadas en excusas la llamé. Se oyó su contestador y su voz: "Ahora mismo no me encuentro disponible, si eres tú, hija, la que llama, que sepas que estaré un tiempo fuera de casa, ya hablaremos cuando vuelva, besos."
- Bien, ¿y qué hago yo ahora?
Cerré las ventanas y las cortinas de modo que no entrara ni un ápice de luz ni de aire para insonorizar en la medida de lo posible todo aquello. Pensé en encender la televisión, en leer un libro, pero lo mejor que se me ocurrió fue coger el violín y ponerme a tocar. En fin, no sabía hacer nada mucho mejor que aquello. Ya hablaremos, ya.


miércoles, 23 de junio de 2010

Aire

El tedio. El tedio
se aleja desprendiéndose
por todos sus poros
por todos sus lares.
¿Me escrutabas por todo,
por nimias tardes
retorciendo el aire
con los labios y los ojos?
Se veían -¡muy lejos!- los mares
de una mañana clara
y un sopor tibio y palpable.
Así pasaba y pasaba
el tiempo, inexorable;
y se formaba una amalgama
con la tibieza del ayer inevitable.

miércoles, 16 de junio de 2010

Wiedre

El aire tardaba... tardaba tanto en llegar. El ruido asordado se mantenía en los tímpanos, mientras, resbalaban gotas de sudor por el cuello. Venía a abrir la boca, era muy gracioso cuando la cerraba y volvía a ensanchar, pues era lo único en lo que ella se fijaba. Lo único que veía cuando hablaba. Creo, creía, que, todo el resto, tan sólo, tan simplemente, sobraba, no debía estar ahí. Ese rostro, ese ligero sonido de las manos dando golpecitos sobre todo lo que tenía a su alcance, una eterna manía que no se borraría. Entonces, cuando tan sólo veía su labios, ciñéndose y expandiéndose cadenciosamente, retornaba una imagen a su memoria. Comenzaba a latirle el impulso de reírse. Pero, mira, si es que es la misma boca de mi bisabuelo, se mueve igual que cuando contaba las batallas de la guerra, pensaba. Qué bien se lo pasaba cuando era tan pequeña y él con aquel júbilo y ánimo de cualquier hombre de aquellas edades le contaba con aire de satisfacción y emotividad -intentando evitar imprimir cualquier sentimiento decadente o lúgubre- la mala situación por la que tuvo vivir en su pasado. Por ello, se destronchaba al verlo hablando. Y ahora prorrumpía el silencio. Dejó de escrutar aquellos labios y comenzó a ver a través de la ventana a la gente pasar. Intentaba mirarles a los ojos mientras ellos caminaban y el coche se movía, pero con ardua dificultad apenas lo lograba. Al menos podía intentarlo en cada paso peatonal, pero, claro, ¿cómo iba a ocurrírseles a ellos mirar acaso a los ojos a los propios conductores y menos a sus acompañantes si tan sólo ansiaban que aquellos coches frenasen de una vez para poder llegar a su destino final? Tenía un gran sentido lógico, desde luego. Aún así lo seguía intentando, hoy había indagado en muchas miradas ajenas y tan sólo encontró unos escuetos pares de ojos azules mar, la gran mayoría marrones. Creía, creo, que había vislumbrado muy pocos y además era insuficiente todo eso para ella. Vamos a ver, ¿de qué me sirve todo esto? ¿Deambular porque sí? El conductor del coche obedecía todas sus órdenes, eran irrevocables, parecía un zombi. Creo que le hacía el favor de servirla por algo, parece ser que si ella bien recordaba hoy era uno de esos días diferentes. Sí, esos días en los que se levantaba e inopinadamente olvidaba las razones por las que tenía que acudir al Conservadium, y le pedía al conductor, Wiedre, que la llevase con el coche a dar una vuelta por el campo, la ciudad o a donde fuese con tal de salir. Este vivía en su misma casa, en el cuarto contiguo y, ahora, divagando, se le olvidaba casi quién era, algo de sangre tendría, un pariente era, sí, debía ser eso. Wiedre era bastante servicial, ella no recordaba por qué, le parece que era un día especial. ¿Wiedre le habría hecho caso cualquier otro día del año? Para el caso, daba lo mismo. Hoy observaría los rostros e intentaría dilucidar algo, de acompañante en el coche solía coger la libreta en mano y escribir. Cuantas más vueltas daba el coche y el mareo se precipitaba en su cabeza, más efusivamente escribía, sin parar. Era bastante entretenido. Cuando alguno que otro se ponía a indagar el rostro de ella en el coche parecía como casi asombrarse. Ella se reía y ellos desviaban la mirada, sintiéndose intimidados. Esto la motivaba a garrapatear más en la libreta. Fascinante, decía. Tras varias horas se cansó y le pidio a Wiedre que hiciesen un descanso. Bueno, me temo que es hora de que te largues, Wiedre, fuera, sal del coche. Este obedeció sumiso y se quedó sentado en la acera esperando cualquier otro imperativo más. Nunca llegó, ella creyó que sería la mejor solución, ¿para qué Wiedre si ella se bastaba a sí misma? Arrancó el coche. Y se dirigió quién sabe a dónde.

Parque

Por un segundo estoy temblando de pavor mientras veo camimando a dos señoras de la tercera edad. Mi miedo a que el ser prorrumpa en exabruptos indescifrables aumenta. 
Me dice algo, ¿lo escucho? 
Le digo algo, ¿me escucha? 
Qué terror tan impalpable, tan insoportable, qué eterna naúsea sin llegar a vomitar nada. Sin ni siquiera escupir un ápice de ácido. Por favor, ¡qué terrible lástima me da! ¡Ese ser solitario! ¡Por favor! Cambia ya, vive, muévete, abre los párpados. Oh, vamos. ¿Por qué no atentas contra el desasosiego? ¡Por favor! Vuelve. No, no, ¡no!.

lunes, 14 de junio de 2010

Fuga

Cómo me divierto
trepando por la hilera
de pensamientos eternos
y, de lúcidas ideas que
apuntan maneras y se desvían
con templanza y desasosiego
por una corriente de melancolía.
Y que terminan por pulirse
tal como diamantes de sangre
para desembocar -una vez más-
allende el tiempo, en la inexorable fugacidad.

lunes, 7 de junio de 2010

H

Mareo
Vestigios 
De líquido
En el cuerpo
Ganas de 
Tirarse de
Los pelos
De precipitarse
En el deseo
De una sábana
Y un paseo
Hacia la entraña
Del mismo
Del mismísimo sueño
Y del desvelo

G

Cómo aborrecía el aire pegajoso del verano y que se le pegase a la camisa y a los pantalones, casi asfixiando su cuerpo. Venía de salir de la calle, de ir a visitar a su viejo amigo Sergei e ir a comprar un pan con resquicios de grasa y otros condimentos. Ahora que había llegado a la cocina y depositado el pan en la mesa, se fue a su cuarto y de pronto vio su mesa oscilando en el aire. Casi estaba como invitándolo a hundir o estampar su cabeza contra ella, a la propia altura del cuello, el color habitual de la mesa era marrón como la madera de pino y ahora se había ennegrecido. La mesa seguía oscilando y dando vueltas a su alrededor, como la cama y la silla, también el espejo. Los objetos se movían, él continuaba en reposo, extasiándose ante aquella prometedora visión. Era una realidad poco convincente y eso le agradaba aún más, cuanto más ajeno a la verdad estuviese, mejor, le gustaba que todo se moviese a su alrededor, desafiando las leyes de la gravedad. Sabía que esa mesa desde el principio había tenido esa tonalidad oscura y que subía y bajaba perpetuamente aunque sus ojos se empeñasen en verla siempre quieta. Se fue a su ropero, a cambiarse de ropa, pero el calor y las vueltas de aquellos objetos le habían producido naúsea. Se fue al cuarto contiguo, a intentar repeler aquella embriagadora y sofocante visión, pero se repetía la escena. Tuvo que optar por cerrar los ojos, indeciso, para desquitarse el miedo que empezaba a acometerle y se desvistió súbitamente. Arrojó las ropas al suelo y se tambaleó -no tanto como la estantería, que parecía querérsele caer encima- hasta la cocina. Tomó un vaso de agua y las pastillas que se encontraban sobre la repisa. Le entró una terrible somnolencia, el techo giraba, formaba espirales, vislumbraba una forma, un... un...
Cayó al suelo, con los párpados apretados.

viernes, 4 de junio de 2010

F

Entro en el banco. Me dirijo a preguntarle a la mujer tan guapa y bien arreglada que si me podrían atender. Me dice que espere un momento a que el otro señor acabe con aquella chica. Espero sentada, sin pensar en nada, sin mirar nada. Cojo la revista, me pongo a leer un artículo sobre economía y frases de personajes famosos que intenta decir algo. Sólo al final del último párrafo descubro qué quería decir. Me pongo a observar las mesas. Hago un hallazgo. Cuando entro por la puerta, a mi izquierda, hay una mesa donde está sentada la mujer arreglada, y al frente hay dos mesas unidas donde está el señor atendiendo a la chica. La mesa donde está la mujer permite que se vean sus zapatos y parte de sus piernas, lleva tacones y luce un vestido. Muy bonito todo ello, pero, ¿a mí que me importa que lleve tacones?  Lo hace por tener buena imagen en su trabajo, eso es importante, supongo. Me voy a la otra mesa donde está ese señor tan grande y aparentemente simpático, no se ve absolutamente nada. Es exactamente la misma mesa y ésta no permite ver ni los zapatos, supongo que los zapatos de hombre son menos interesantes de ver. Ya veo que va a acabar con la chica, cierro la revista con el enigmático artículo y me siento en la otra silla, cara a cara con el grandullón. 
- Tome - usé un gesto para expresarle lo que quería decir.
- Ajá, espere un momento - Se fue a fotocopiar el papel, y después a teclear en el ordenador.
- ¿De qué curso es?
- Está en el papel que acaba de fotocopiar, además, ya lo ha escrito en el ordenador.
- Ah. Cierto.
Terminó con todo eso, sin volver a dirigirme una palabra y me fui. Al tiempo en que abrí la puerta el tipo amable casi gritó.
- Ey, chica, espere. Se deja algo.
- ¿Qué?
- Tome, el papel es suyo.
- Ah. Quédeselo.

jueves, 3 de junio de 2010

¿Amor?

Me gusta cuando cerramos los ojos y nos dejamos llevar
Me gusta el surco de los ojos al, la luz, brillar
Que me beses y que nos besemos
Sintiéndolo, ya sea demasiado, ya sea poco, ya sea sincero
Realizamos un recorrido húmedo y empañado al besar
El uno al otro, el cuello, la boca, los sueños
Si empezase a echarte de menos voy a acabar
Por rogarte que permanezcas a mi lado
A todas horas, en todo momento, y me arrancarás
Tantas sonrisas y tantas caricias que ya lo creo
No sabré más que decirte dos palabras: 'te quiero'

miércoles, 26 de mayo de 2010

Mum

Pum. Puuuuuuum. PUM. Se oía el golpe de un martillazo limpio sobre la pared. Hoy era el cumpleaños de mi madre y le había pedido cincuenta euros para hacerle un regalo. Me dio el dinero y ese mismo día las dos fuimos a escoger el regalo idóneo. Mi madre entraba a cada tienda que veía y se solía pegar media hora como mínimo en cada una. Miraba todos los objetos expuestos, la ropa, los collares, todas esas cosas que tanto adoran las madres, con los ojos relamidos y unas enormes ojeras, y se decidía a seleccionar uno de ellos cuando lo escogía previamente otra persona. Entonces, la persona que cogía ese suéter celeste tan llamativo era la que decidía el regalo de mi madre, no era yo, ni era ella. Mi madre se dirigía a la chica que estaba mirando el suéter celeste y le decía que le gustaba y que dónde encontraría más. La chica amablemente le respondía y señalaba una dirección, a la que con afán iba mi madre. Veía el suéter, le encantaba, qué buen gusto había tenido aquella chica, qué bien quedará, entonces cogía ese, y otros del mismo modelo y diferente color y se los llevaba al probador. Uno por uno se probaba, yo le cargaba los suéteres que no iba a ponerse sobre mis brazos, apoyada en la pared o sentada. Cada vez que se probaba uno su pensamiento se escindía en dos vertientes, la del sí y la del no, le gustaba cómo le quedaba, ahora el color no era el apropiado, se probó otro verde, no, desde luego que no, uno rojo, le encantaba. Aunque yo se lo veía y no me convencía, creo que le hacía demasiada barriga, no se lo dije por no quitarle la ilusión, pero ella misma ya empezaba a notarla, aunque no veía gran obstáculo en eso. Supongo que no lo era. Se decidió por el rojo. Miró la etiqueta y vio el precio, empezó de nuevo a oscilar el no por su cabeza. Por dios. Qué caro. Buscaré otra cosa que sea más barata, si al fin y al cabo no era tan bonito el suéter. Repasa las prendas de ropa de la tienda otra vez, ve de nuevo a una mujer cogiendo un vestido colorido, mi madre le dice que dónde estaba y que era precioso. Se lo prueba, le queda jodidamente bien, le encanta, mira la etiqueta. No. Le dije que yo se lo pagaba, que por un día no pasaba nada, pero renegó una vez más. Demasiado caro. Al final, nos fuimos de la tienda y pasamos por otra de bisutería. Le gustaba casi todo, y le dejaba de gustar en cuestión de segundos. Nada le llamó la atención. Aunque se probó dos collares, cinco anillos y más de tres pares de pendientes. Nos tuvimos que ir porque casi nos echaban de cada tienda a la que íbamos, mi madre preguntaba a cada dependienta, además de a las clientas, que de dónde había salido esto y aquello sin realmente comprar nada. Entendía que se hartasen, yo le insistía en que no fuese tan pesada, que la gente necesitaba estar más a su aire y que las dependientas tenían que hacer veinte mil cosas. No me hacía caso, creo que cuanto más le decía, más procuraba borrar mis palabras. 
Se hicieron las nueve de la noche, y estábamos exhaustas, ella no se había comprado nada, decía que cuando fueran las rebajas ya se compraría algo, ya. Siempre la creía, sabiendo perfectamente que en rebajas no le gustaría absolutamente nada, que todas las prendas tenían desperfectos, que no habían tallas, pero ella parecía que confiaba a ciegas en que encontraría algo perfecto y barato. Bueno, qué remedio. Llegamos a casa, hoy era su cumpleaños, había que celebrarlo, darle un regalo... Se recostó sobre la cama y se puso a hablarme de lo bonito que era el suéter celeste, que le había gustado mucho y que mañana se lo compraría, definitivamente. Ya, madre ya. Mañana vamos. Descansa. Y le di dos besos en la espalda y un abrazo. Feliz cumpleaños.

martes, 25 de mayo de 2010

Desaparecer

Abre el compartimento, a su derecha, mientras atisba fragmentos resplandecientes en el interior, saca el anillo y se lo pone en su dedo. Al menos, eso intenta, pero no puede injertarlo en el dedo índice, ni el corazón ni el anular, quizá quepa en el meñique, no, tampoco. Inopinadamente, prorrumpe en ridículas lágrimas, sabe que no tienen sentido, es inútil que un anillo de ese tamaño quepa en algún dedo, pertenecía a su infancia y ahora lo rememoraba, había pasado una y otra vez cerca de la mesa donde se encontraba sin atreverse a buscarlo, recordar el color que tenía en un pasado, viendo el actual, mohoso. Se limpiaba con el mango de la chaqueta las ligeras gotas y toleraba que su mente divagase sobre el futuro, y el presente. En un juego de niños, se prometieron que se casarían dentro de muchos años, se dieron esos anillos mutuamente. Y mantuvieron esa amistad aniñada hasta el momento, pero nunca se casaron, de hecho, nunca fueron más que amigos con un enlace de amistad bastante irreducible. Temía que los acontecimientos derivasen en una separación -que ya se había producido con anterioridad-, pues ambos tendrían que marcharse a otro lugar para continuar con sus vidas, y, sin embargo, realmente no se había planteado nada más que un contacto telefónico y visitas ocasionales con él. Pero ahora que ambos se dejarían de ver por mucho tiempo, él hablaba y callaba, terminó acudiendo al cine de los jueves, como siempre, vieron una película, y tras el final, se fueron a una cafetería para criticarla y hablar sobre temas personales. Aunque esa vez estaba demasiado silenciosa, de un modo desorbitado. Se marcharía algo antes que ella, unos cinco días. Sabía que el trabajo le impediría tener más ocasiones para verla, y que esta sería una de las últimas. Tendría que confesarle de una vez toda aquella perturbación que comenzaba a sentir hacía dos años. Le manifestaría sus sentimientos, por fin.
- Hay algo que me reconcome por dentro desde hace mucho.
- ¿Qué? ¿Que no aguantas ya a tu perro?
- Sí, bueno no. Eso y otra cosa.
- No sé si has notado cambios en mí durante estos dos últimos años.
- Sí, todos cambiamos con el tiempo, es normal que pase.
- No, no me he explicado bien, quiero decir, que si has notado cambios con respecto a mi comportamiento contigo.
- Puedo decir que... estás como siempre, no me asustes, por favor.
- Qué forma de mantener esta firmeza, esta convicción me resquebraja completamente.
- Dímelo de una vez, la impaciencia me mata.
- Por favor. Esto es importante, al menos para mí. Tengo que decir que... que...
- ¿Por qué callas? No me gusta ese silencio, pareciera que...
- Que no puedo dejar de pensar en ti, ni en lo que queda para volvernos a reencontrar, para que me llames y quedemos en un concierto, un teatro, o simplemente en una cafetería. En todos mis sueños no dejas de aparecer y sonreirme, mientras yo me derrito como lava y resbalo por un acantilado, mientras sigues riéndote y burlándote de mí. Y tus ojos, tus ojos me ciegan mientras me convierten en lodo, no puedo eludirlos jamás, en ninguna evocación tuya. 
- Vaya. ¿Qué pretendes que diga?
- No sé qué sentirás por mí, una simple amistad, es lo más posible, pero sólo quería confesarte esto porque sé que no podría marcharme con estos pensamientos en la cabeza, tenía que decir la verdad. Por mucho que nos pese a los dos.
- Siento que me tengo que ir, no puedo hablar ahora, no sé qué decir. No lo sé. Lo siento, perdóname, por favor.
Y ella se marchó, se fue y no contestó a ninguna de sus llamadas ni mensajes, hasta desactivó el telefonillo automático de la casa para evitar que sonase el timbre y fuese él. Transcurrieron tres días, tan sólo dos quedaban para dar una respuesta, aunque él no la hubiese exigido. Debía tomar una decisión, lo llamó:
- Por fin retornarán las hojas de nuestra amistad.- Casi a gritos habló. Se palpaba su desesperación y el fraude de las palabras, se convirtió en víctima de las mismas.
- Sí, te llamo porque ya es hora de que hablemos. Ha pasado demasiado y no voy a romper  la amistad por el miedo.
- Estupendo. ¿Podríamos quedar otra vez donde la última?
- No, preferiría que vinieses a mi casa, para poder hablar sin tanto desasosiego. Ya sabes.
- Tienes razón, iré y estaremos, bien, con tranquilidad charlando. ¿Cuándo...?
- Ya. Por favor, quiero verte.
- Bien, me preparo y estaré dentro de unos veinte minutos. Espera.
- Esperaré.
- Y... - Ella abruptamente ya había colgado el aparato. Se recostó sobre el sofá con Pavor , su perro, mientras escrutaba el mando del televisor y nadaba en el mar de dilucidaciones y la pantalla de colores.
Salió él, llamémosle Vo, deambuló exhausto por el asfalto, se precipitaba a la desesperación. En sus venas violáceas se palpaba el anhelo, las terribles ansias de que llegase el momento, dilatándose y oscilando initerrumpidamente. Sucumbió a toda la amalgama de sueños que había surcado como un arcoiris el cielo de su imaginación, ella le llamaba, venía y respondía, le solicitaba que estuviese ahí. Se produciría el reencuentro. ¿Cómo iba a ir, a llegar a su casa en veinte minutos? Claro, cogería un coche, el suyo propio lo llevaría hasta ahí, cómo no se le había pasado por la cabeza, cómo había sido tan estúpido. Por favor, es sencillo arrancar un coche, coger las llaves, insertarlas, girar, sí, escuchar el ruido del motor.  Empezar a conducir por los laberintos de la ciudad, tan sólo veinte. En veinte volvería a hablar con ella, a verla. Llegó. Tocó. La puerta se abrió.
- Por fin, hola -Ella.
- Eh... Sí. Hola. ¿Cómo estás?
- Normal. ¿Y tú?
- Me parece que bien. ¿Por qué tanta prisa?
- Quiero decir que he repasado y recapitulado cada una de las últimas conversaciones que tuvimos. Y me ha costado tomar una decisión...
- En ningún momento te la pedí realmente. Lo siento.
- No, no es tuya la culpa. Esto se ha propiciado solo.
- Supongo...
- En fin, quiero hacerte una propuesta. Antes de que nos marchemos, ¿por qué no lo intentamos? Aunque esté de por medio Pavor y León, él no sabrá nada, lo prometo.
- ¿Acabarás con tu fidelidad por mí, acaso?
- Tan sólo dos días, por favor, Vo. Me ha costado tanto haber llegado hasta aquí. ¿Estás dispuesto?
- Si no me queda más remedio... Soy incapaz de negarme, y menos ante algo tan...
-... ¿desorbitado?
- Algo así.
- Siempre me has parecido terriblemente atractivo, sino fuese por León tal vez te hubiese besado mucho, muchísimo antes. ¿Qué tal si lo hago ahora?
- Por favor. No te burles de mí de este modo. Ya me siento suficientemente ridículo.
- No lo hago, shhhh. - Be empezó a intercambiar cada palabra por un beso, empezó por el cuello, siguió hasta los labios. Vo casi exhumaba escalofríos por cada poro de la piel, se dejaba llevar por cada roce suyo. Ansiaba cada uno de ellos, aunque se sintiese patético, siendo usado. No importaba. Be lo remediaba todo.
Acabaron por acostarse juntos, aislados del mundo, y hacer lo que sigue. Así, llegó el amanecer y el último día. Vo se vistió y levantó, dispuesto a irse y no volver a saber definitivamente nada de Be, aunque ella cogiese su brazo, desnuda, con insistencia, y lo arrastrase a la cama, lo besase y acariciese; a pesar de que le susurrase con su voz pastosa al oído palabras inaudibles debía marcharse. No quería prolongar la agonía, y, además, tampoco perder el viaje. Finalmente se fue, sin despedirse. Ella, recostada, y con los ojos entrecerrados se empeñó en ignorar su ida.
No volvió. Ni lo volvió a ver. León vino y ella estaba completamente muda, sin saber qué decir ni cómo reaccionar. Tenía pánico a hablar y soltar alguna incongruencia que pudiese provocar en él alguna sospecha del otro. Al final terminó por largarse corriendo a la calle, León se quedó inmóvil, impactado, sin entender porqué había hecho aquello. Se sentó con Pavor y esperó. Siguió esperando tras una hora, tres horas, tras el atardecer... Be no volvió a aparecer.

domingo, 23 de mayo de 2010

D

Me encanta la hipocresía, la mediocridad
Me apasiona ver sus caras temblando sin temblar
Aunque se aprecie una impávida milésima
A pesar de que se capte una, tan sólo una de ellas
No podrán apreciar la ridiculez de sus vestimentas
¿Acaso yo he pretendido verla, la he ofendido?
¿Y acaso no? ¿Y si llegasen a plantearse el porqué?
Si fuese una única razón, tan recóndita y oculta,
se podría comprender su radical ignorancia,
pero no sucede así, deambulan en demasía.
Pero la ceguera alcanza todo el ámbito
¿la mejor solución, quizá?
También se padece de sordera, de carencia
de valor y de valores, de representaciones,
meras escrutaciones, superficialidad que aflora y se expande. 
De verdad, de especial, ¿algo tendrá?
Podrías comunicarlo en cuanto termine
de asfixiarse con el chirrido de los tacones.
(Aquella nube que pasa de lodo y aire)
Ridículo, ridículo, cierra.. (despacio..) los párpados
Antes vigila que la almohada donde repose
la tersura de tus cabellos no se despeine.
No te olvides de cerrar la puerta antes 
de que empiece a expulsar veneno la lengua.
Tan sólo fue por jugar, no es que muy en serio lo dijese.

jueves, 20 de mayo de 2010

C

Te echo de menos.
Echo de menos ver
tu cara, tu pelo, tus ojos.
Echo de menos recordar
el mar con una incipiente
sonrisa y labios quebrados.
Echo de menos soñar
¿contigo? ¿de nuevo?
Si te digo que te quiero
¿acaso miento?
Si ya lo estoy haciendo
te perdonaría mil veces
quizá ninguna, pero
sólo quiero decirte
que te añoro y que
todavía no podré
-ni pretendo- olvidarte.
Y sé que, sin reproches,
lo terminaré por hacer.

domingo, 16 de mayo de 2010

N

El arrullo de una voz lo palpa desde cerca
Se escabulle sin miramientos al escuchar
Un prorrumpido vuelo de una abeja
Detrás de una quimera, e incluso más
Viene a posarse sobre los hombros
Arrojando de los labios una sonrisa
Terriblemente cohibida, mientras
Las flores amalgaman el vapor y el olor
Que desprenden se impregna
Sin demasía ni paciencia en el sopor
De una naturaleza y tarde lenta.

jueves, 13 de mayo de 2010

Cifras. Acaben ya de irrumpir a martillazos en mis entrañas. Ya está bien.

martes, 11 de mayo de 2010

B

Me despierto y me pregunto ¿qué hago aquí?. Tiene sentido esto. Me paralizo, le tengo pánico al tiempo, al reloj. Creo que cada vez que lo miro atento contra mi propia vida, mi propia resignación, con la confirmación de mí misma. Parece que las cosas van a caducar, no lo evitaré. Cuando abro la ventana me gusta vislumbrar el cielo atestado de nubes, pensar en que no hay nadie más ahí mirándome, que estoy sola y acompañada a la vez. Pero me siento terriblemente sola, cohibida, abandonada. Quiero que esas miradas me dejen en paz, que no atisben ni un rasgo de mi rostro, a pesar de que quizá nadie me esté observando. Sea yo quien lo haga, puede que me aplique dichas premisas, o no. Temo por mi integridad física, sabiendo que las guerras acabaron por aquí, y me debato perpetuamente entre callar y hablar. Opto por lo segundo y la vuelvo a cagar. Me digo "esta vez, no recaeré, no lo repetiré", y vuelvo a soltar nuevos exabruptos, exacerbadamente incontenibles. El arrepentimiento me sacude, pero creo que no se han percatado de ello, la permeabilidad se me da bastante mal, no aparento decir lo que quiero, ni de la forma en que debería decirlas. Errando, errando, siempre. Hasta ahora resistí con ello, se hace tarde y toca rectificar, empezaré con un leve amago, y prorrumpiré en remordimiento cuando recaiga en que realmente no me arrepiento de las palabras equivocadas. Algunos creen que es cuestión de un pie izquierdo al abrir los ojos y sentarme en la cama, por la mañana, me gustaría decir que sí -¿seguro?-, pero no, soy de esta manera, de esta forma. Me conocieron somnolienta, inquieta, realmente siempre me gustó esa sensación de decaimiento, no sé cómo pero me motiva a seguir. El anhelo me seduce notoriamente, estar agotada, querer dormir y no poder, logran darle una meta, un objetivo a mi vida. Puede que me guste caer.

lunes, 10 de mayo de 2010

Melancolía

Acabo de tener un sueño contigo. Sentía como que mi cuerpo de repente iba a saltar de la cama y erguirse, estaba como gritando desesperada porque te ibas a marchar para siempre y no volverías. Y va a suceder así, de ese modo, fue una terrible locura, y lo pasé bien con ella, soñé en demasía. No sé qué me producía el mirarte penentrando en tus ojos, desde ahí, los gestos iniciaron su descenso hacia la divagación. Me gusta escrutar, pasas de lado, te recuerdo, añoro hablar contigo, no digo por qué siendo ignorado por completo. 
El sueño aparentaba que me dieses una real oportunidad, que estuvieses en lo más alto de un edificio, yo a una gran distancia de tí, sobre el mismo suelo quebrado, viéndote a lo lejos, rabiando hasta más no poder por no volverte a ver, a punto de caer en el abismo que nos separaba. No sé. Era una sensación tan extraña, me embargaba absolutamente hasta el más remoto ápice de imaginación, tal vez comencé a escribir por ello, tal vez no. Ya no nos saludamos, apenas nos miramos, te veo desde lejos añorándote, y tú, sigues impertérrito con el mismo rostro expresando todo y nada. ¿Enamorarme de nuevo? BRF.

sábado, 8 de mayo de 2010

EP

¿Qué? ¡Qué espero! Sé de verdad, ¿algo? Me cuesta tanto cerrar los ojos, cuando lo haga me cuesta abrirlos. No puedo parar en esta estación, ni en ninguna otra. Quisiese paralizar los segundos, por variar un poco. Percatarme de que se bloquea la memoria, las palabras se atragantan y quedan a medias. Una vez que se instaure el intermedio la rueda dejará de girar, y los rostros inmóviles, expresarán algo. Rememoro cuadros, los cuadros son fotografías del momento que, sin embargo, conllevan dedicación, quizá días o años. Tan sólo plasman un segundo, o milésimas, pero en esos escuetos intervalos transcurre una vida entera, un momento que integra el conjunto de un canon interno que lleva a sumergirse en los lares de la imaginación. Pues, puede que sea imposible una parada, no así que la mente se desvíe y logre invocarla. Punto. ¿Qué lo evoca? Música.

lunes, 3 de mayo de 2010

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Suspiros y silencios
evocas e invocas
recoges y dejas el nimio
pudor oculto tras las sombras.
Te despiertas, casi sordo
y vienes a mover ficha
aunque no del todo
la partida está perdida.
Terminaste por el comienzo,
se inaugura la tranquilidad,
antes, de ideas tormenta.
El relámpago se difumina.

.

Cuando quería salir y cruzarme con veinte gatos por la calle, decías sí, vamos a ir. Y te creía, divagaba sobre el color, la raza, el pudor que pudiesen llegar a tener, también sobre si huirían, o, por el contrario, me escrutarían con sus ojos hipnotizantes. Los veía desde la ventana, eran preciosos. Me decías que sí, una y otra vez, volvía a soñar. Pasaban los minutos y yo insistía, te estiraba del brazo, sosteniendo un "¡vamos!", pero nada sucedía. Transcurrían las horas, y permanecías en la misma posición diciendo que ibamos a ir, un sí. Te seguía creyendo aun, mientras desistía de jalarte la mano. Me sentaba y ponía de brazos cruzados, me levantaba e iba a la ventana, viendo como atardecía y ellos desaparecían otra vez -quizá siguiesen estando ahí-. Y justo, en aquel lapso, abruptamente se levantaba, colocaba todas las vestimentas pertinentes y se dirigía hacia mí -¡por fin!-. Ahora, tragaba saliva, le costaba hablar, después de tanto silencio atendía superfluamente a mi rostro -nunca mirando a los ojos-, y soltaba, con su brevedad y seguridad de siempre: Vamos a cenar.

.

Tumbada sobre los muslos ajenos, sueña que está volando, el antaño viene, y una sonrisa. Hace amagos de vuelo con los brazos, suspiros esperpénticos y ruido sordo. Las yemas de los dedos van ligeramente subiendo y bajando. Se resquebrajan los dientes, riendo, e inhalando un par de ojos en silencio. Escudriña el rostro mientras siguen moviéndose las mandíbulas. El cuerpo inerte depositado empieza a temblar y reivindicarse, se debate entre el infierno y la mentira, y queda en el medio. Los dedos permanecen sobre su espalda, más abajo, más arriba; retorna el silencio, de entre todos, el más cómodo. Se gira, da la vuelta, y alza el rostro. Se escrutan. Brillan más que antes, tal vez sea un reflejo. Se escucha a lo lejos la cadencia de la música. Será.. ¡tal vez!.. la canción que susurraba aquella mañana...

.

Me río. ¿Por qué me haces reír? ¿Será suficiente con decirte gracias? Sí, sé que carece de sentido, aun así tiene tanto. Eso no estaba y ahora apareció, lo agradezco. Mucho. Quizá llegó en un mal momento, o en el mejor. Y sigo diciendo gracias. Las cosas han podido cambiar. Por fin.
Pero unas se van para que permanezcan otras, y quiero seguir teniendo ambas cosas.

sábado, 10 de abril de 2010

Divagaciones

Es curioso que cuando se reproduce una y otra vez la misma situación, se acabe derivando en extremos. Si bien se puede llegar a aborrecer dicha repetición, o no, puede inclusive amarse, anhelar perpetuamente en el pensamiento, cuando, empero, una vez que se está produciendo el deseo se esfuma por los aires y se va muy lejos, a expandirse, como el gas. El porqué de odiar dicha cadencia es irresoluble, pues en lo más recóndito se ha de reconocer que ese aborrecimiento tiene un origen, que tendemos a acallarlo y erradicarlo de nuestra mente. Tanto es que no podemos soportar esa monotonía, que se nos resquebrajan los dientes y las entrañas cuando retorna su zumbido en nuestro oídos, pero nos extrañamos en el momento en que se esfuma, sentimos un alivio inexplicable. Hemos de insertarle a la repetición un sentimiento, una percepción, parece que irremediablemente tendemos a alterar los sucesos para comprenderlos, cuando no hay nada que entender. El tiempo transcurre y no lo hace de modo positivo ni negativo: sucede.

lunes, 5 de abril de 2010

.

Se entremezclaban los ácidos corrosivos de las palabras con el plomo del silencio. Temía la súbita muerte de las voces, la decadencia del cuerpo, esa debilidad que palpitaba tras cada poro de la piel. Que inexorablemente le hacía caer, entre abismos. Se expandía la reverberancia, e intentaba, sin éxito, traducir esos comentarios a una idea, un significado, por nimio que fuese. Y nada, no confesaban absolutamente nada. Empero, eludía la responsabilidad que se le reclamaba, de algún modo u otro, taciturno, tendría que responder. Debía convertir eso a algo, racional y con bases impertérritas, pero no podía. La cabeza se removía y tenía instintos de oscilar de un lado a otro, a modo de negativa, para rechazar por fin la conversación, que siempre derivaba en irrelevantes asuntos.
Pero, el terror al silencio incómodo superaba cualquier barrera, habría que mantener una palabra, un atisbo, una chispa. Se miraban atónitos, frente a frente, escrutándose recíprocamente las pupilas, y tergiversando la realidad, inventando pasadizos a la imaginación. La tersura de los rostros y los repliegues de las mentiras jugaban una batalla infernal, en la que se disputaba el cénit del momento. Inopinadamente, sucumbió el silencio, la batalla estaba perdida. Era hora de marchar.

sábado, 20 de marzo de 2010

Suficiente

No es suficiente con eso,
con que llames, con que te evades,
no fue algo maltrecho, sólo momentos
se dijo adiós, y sin lamentos
mas es temprano para tempestades.

Jugueteo con palabras susurradas
al viento, a cualquier mirada
aunque hablases, no es suficiente
con que tu sonrisa aterciopelada
me escrute, nada se arroja de mi mente.

No, usted pretende cambiar mi alma
pero desconoce que ha sido quebrada
desde hace mucho, antes de perpetuarse
cuando ahora un pedazo se reclame,
negaré, y no por oportunidades.

Que ya fue demasiado tarde,
que la corrupción es inexorable
y las lágrimas derramadas
retornarán a la vorágine que deshace.

Gritaré otra vez más
que aunque suspiros exhales
con que en segundos me tientes
y me devuelvas la sonrisa,
no, no es suficiente.

Bañera

Cae pesadamente la cabeza
sobre las piernas
y se sumerge en la bañera,
haciendo a las burbujas borbollear.

Una desentonada canción recuerda
y, de repente, se abre la puerta,
escucha del visitante el grito de sorpresa
a la vez que su mirada atraviesa
las cortinas de agradable color violeta.

Deseos de que el vapor desaparezca,
por un lado con ligereza,
y por otro con pesadumbre, que no perezca.

Las exhalaciones nerviosas se presencian,
de ambos contrincantes, sin intentar
una comunicación mutua, y mientras
esperan con pudorosa paciencia
que el acre sabor de la pereza
se transforme en movimiento, en meta.

miércoles, 17 de marzo de 2010

Noche

Hoy tenía ganas de fumar, inhalar el humo hasta que le intoxicase el último ápice del cuerpo. Hasta que cada recoveco se conviertese en una apabullante vía enorme e insulsa, y que el último término de todo se dirigiese a su principio. Ansias de retornar al pasado, tan idolatrado por el recuerdo, recacormido, como pudiese ser el primer amor. Retumbaba en los labios una fúnebre marcha de exabruptos, anhelantes. Esta mañana se había despertado con el aroma de la noche, del silencio. Afortunadamente, esta vez, había logrado dormir algo, aunque fuese una hora. Días antes, el insomnio se había anclado en sus noches, deambulaba irreflenablemente por el entramado de su "hogar". Esta vez, ni siquiera era suyo, si no de uno de aquellos tipos que había conocido a las tantas en un bar. Todo sucedió más lentamente de lo normal. Desde luego, aquel día el hedor del alcohol urdía con saña el ambiente, y apenas distinguía entre luces y oscuridad. Después de todo, venían a significar lo mismo. Y aparecieron aquellos ojos irrevocablemente pardos, que subrepticiamente brillaban por entre la muchedumbre, y jugueteaban con las sombras del lugar. Era una mirada intensa y perpetuamente fija en la entrada, esperando la llegada de alguien que no fuese a borrar sus lamentos con la bebida, alguien con quien poder hablar, que supiese, al menos, algo de música. Llegó entonces ella, buscando un alivio al insomnio y percibir el hálito de vida de los perdedores. Esos ojos se perdieron en su cuerpo, pelo, y sobretodo, rostro, la escrutaban atónitamente. Qué clase de persona sería para caer en ese lugar, cómo se había extraviado su estilo de vida a tal forma. Es más, daba hasta miedo, verla ahí, tan desacorde con el resto de sujetos, sin ganas de relucir de cualquier forma ni llamar la atención gritándole a todos lo patético y monótono de su vida como tantos hacían noche tras noche. El silencio la inundaba. Se sentó en la barra, esperando que él dijese algo, pues la atracción era mutua, pero solamente la observaba perplejo y acongojado. No se dirigieron ni una palabra. Tras llegar a la tercera copa y considerarla como última y suficiente, y confesarse que no había extirpado ni un vestigio de aquel desasosiego nocturno, además de que él no pretendía una comunicación, tomó la decisión de largarse a caminar entre las calles concurridas de la ciudad, rumbo a ninguna parte. Pagó, hizo un gesto de manos, se levantó y dirigió a la puerta, y con sigilo comenzó su trayecto. De repente, oyó unos pasos tras sus huellas dejadas en el asfalto, a lo que respondió parándose en seco y tornando su cuerpo. Era él, de nuevo, y seguía su mirada escrutándole las pupilas y arrancándole cada uno de sus pensamientos. Parecía que cavilaba y divagaba profusamente, sobre qué decir o hacer. Pero ella, no pudo más aguantar la espera, se acercó lisonjeramente al brillo y el pudor de los ávidos ojos. Un círculo cromático se le pasó por la cabeza, hasta derivar en oscuridad, negro, se arrojó a los labios, y él callaba, aclamándole sin palabras aquel contacto. Decidió llevarla a su casa, ambos con copas de más, pero no importaba, se necesitaban, en aquella noche, no había nada más que la decadencia y atracción subsistente. Y, así, sin palabras sucumbieron a sus almas desgarradas, bebiéndose uno la aflicción del otro. De esta forma, pasaron lo que quedaba de madrugada, agarrotados en las sábanas. Ella logró dormir aproximadamente una hora, escueto, pero suficiente. Como siempre, sin avisar, al despertarse, silenciosamente, se dirigió hacia la salida. Abrió la puerta, y prorrumpió en la calle, medio desorientada, rememorando el camino que había tomado para llegar hasta ahí. Entonces, como un rayo aparecieron a grandes trazos las imágenes de anoche, de lo que había hecho, de lo espléndido y absurdo del encuentro. Incluso hasta del pudor, de temblores y del pánico al rechazo. Pánico al rechazo. Lo odiaba. Lo había padecido desde que tenía conciencia de sí misma, antes de establecerse en su entramado de relaciones esporádicas, antes de comenzar a ignorar el resto y mostrar su indiferencia desde lo nimio a lo esencial, e irremediablemente cotidiano. Tan sólo deseaba alejarse, percatarse de que ni siquiera recordaba su nombre ni dirección, ni guardaba en alguna nota mugrienta su número, como hacía escasas veces con aquellas experiencias memorables. No, desconocía absolutamente todo. Y le gustaba ese desconocimiento al respecto, no sabría cuando lo volvería a ver, si es que llegaba a acontecer un reencuentro, ni siquiera si él realmente querría repetir y toleraría una conversación. El desasosiego e intranquilidad deambulaban por sus movimientos mientras divagaba sobre qué haría en una nueva situación con aquel extraño. Por ello, el cigarro se encendía y la ayudaba a cavilar, profusamente, por los lares de la imaginación, por un momento perfecto.

domingo, 7 de marzo de 2010

Irrefrenable

Mil y unas veces pedí perdón por haber hecho esa propuesta. Y aún sigo sin arrepentirme. Cuando meses atrás recorría la bahía con mis dos únicos amigos, que habían de alejarse definitivamente de mi vida, me encontraba parcialmente aturdida. Había recibido sucesivas negativas por parte de un sujeto que no se atrevía a dirigirme más de tres palabras seguidas y comenzaba a desgastarse mi paciencia. Sabía que sus intenciones no eran viles, pero me ofendían profundamente. Queríamos hablar y tener una comunicación menos ahogada, sin embargo esa cohibición y razones ocultas lo impedían.
Así pues, reflexionaba sobre esto y los deprimentes acontecimientos mientras veía a los perros ladrar y a mis amigos moviendo la boca y gesticulando vigorosamente. Me entrometí en su acalorada discusión y logré interrumpirla para decir una habitual incongruencia. '¿Por qué no nos metemos en el agua?', dije, y ambos mostraron cara de pavor. Estaba congelada, lo suficiente como para helarte el aliento y el alma, y que las palpitaciones se aceleraran de tal modo para originar algo de calor. El rechazo fue inmediato.
Se intoxicaron mis pensamientos en su rotunda negativa y me vi en la tesitura de tener que hacerlo por mí misma. Necesitaba 'respirar', reducir la ira y represión, debía llenarme hasta los orificios de las orejas de frío. Así despertaría y dilataría mis pasiones en un nimio naufragio. Entonces, con la perplejidad en los rostros vieron como me desnudaba antes los perros, viandantes y el atardecer para zambullirme hasta el fondo. Y el agua estaba mucho peor de lo que imaginaba, además de que tiritaba y me entraban súbitos espasmos, se visualizaba un color translúcido y vestigios de agrios líquidos y desperdicios. Su sabor me repugnaba, mas nadar y bucear hasta el límite eran tentativas superiores. Quizá el encuentro con los peces me chocó, pues buscaba una soledad que no hallaba en la superficie, pero prolongué el viaje a dichas entrañas, admirando el paisaje subacuático hasta que las reservas de oxígeno se vieron amedrentadas.
Subí a la superficie otra vez y me encontré con los rostros aterrorizados de mis nuevos acompañantes. Allí se encontraba la policía, dispuesta a esposarme y arrestarme para declarar en comisaría, mis ropajes habían desaparecido -quizá destrozados por algún perro-. Y uno de mis amigos lloraba precipitadamente, el otro ya no estaba. También había una ambulancia, ¿dónde estaba él?
Me dijeron que había ido a "rescatarme" de las entrañas, pues desconocía y siempre había tenido en mente el peligro que corría cuando me sumergía en el agua, pensaba en mi incapacidad para resistir, temió por mi vida y se dirigió a las aguas minutos después de que yo desapareciese en ellas. Con su miedo exacerbado, nadó y nadó allende la costa, puesto que no me localizaba y, de repente, se vio inmerso en una vorágine. El agua lo arrastró durante eternos minutos sin poder resistir a su exasperante fuerza, hasta que chocó con una zona costera prevista de abominables rocas. Un pescador lo vio, y en vista de que la marea se calmaba, pudo recogerlo. Aún respiraba, pero sufrió daños irreversibles, el impacto de su cuerpo le produjo una parálisis en ambas piernas.
Desde ese día mis únicos amigos dejaron de dirigirme la palabra. No nos volvimos a ver. No sé si se mudaron, pero no conseguí seguirles el rastro. Sólo sé que aquella locura por desencadenar pasiones reprimidas era irrevocable, que eso tenía que ser. El mar era el que me esperaba y ahora estoy frente a él, susurrándole a su brisa que ya voy, ya es hora de un nuevo encuentro.

viernes, 5 de febrero de 2010

Reflexiones

Gusta e irrita llorar. A la vez que es una necesidad, es adversidad, impedimento que imposibilita el desarrollo de otra acción. Que paraliza tanto el fluido de ideas, como de movimientos. Algo que provoca esporádicas reacciones, bastantes variopintas según el sujeto al que le suceda y el motivo por el cual se lamente. Muchas veces, se cargan de irracionalidad los acontecimientos, los sentimientos contribuyen a esto, de hecho, son sus principales causantes. Pero, ¿qué es sino pura subjetividad el ser humano? Acaso creerán que se pueda visualizar -algunos- relativa objetividad en hechos relevantes para explicar las consecuencias que deriven de los mismos, y aparentemente es una herramienta imprescindible. ¿Es tan difícil reconocer que somos volubles, manipulables ante las adversidades? Sinceramente, no podrá saberse, pero el pretender andar por la vida estando fabricado de férreo y consistente material no es más que puro artificio, hipocresía ante la cual nos postramos con tal de evitar otros males. Es decir, las influencias externas ejercidas con consentimiento o sin él, resultan ineludibles. No podríamos decir, desde luego, que el ser humano no es el conjunto de pensamientos de otros, que a su vez, estuvieron influenciados, y así seguiría una cadena interminable. Entonces, ¿qué queda de yo propiamente dicho? Hay algo intrínsecamente nuestro, o somos simplemente hijos de las circunstancias vagando de uno a otro pensamiento sin saber en cuál establecernos. Quizá, quepa lugar para un micro-yo, donde la invención, una distinción leve y palpable frente a otros nos eleve a seres únicos e irrepetibles. Sin embargo, ya han habido demasiados seres irrepetibles y también desconocidos. Vayamos a ver, pues, cuál es nuestro emblema, que seguro que no se repetirá, pero pasará -como todo- a ser nada.

martes, 26 de enero de 2010

Ser

No puedo soportar el peso de la insoportable levedad de mi ser. Soy demasiado débil, por mucho empeño que exponga. Me temo que los apocalipsis no existen, también que las tragedias no se dejan de suceder. Y hasta nacen múltiples y diversas sin motivos consistentes, sino fluidos, derretidos en una amalgama de amarguras. Creación, ínfulas y quimeras que apenas visualizamos correspondientemente. Los hechos son manipulados otra vez mientras queremos y anhelamos creer en algo, sin embargo, nos damos cuenta de que no se puede permanecer inalterable ante tales vaivenes de elucubraciones religiosas. Nos percatamos de que la levedad del tiempo no deja de ser imaginación, dado a luz por humanos, de que el sentido que queramos darle no lo tiene realmente. Nos debe dejar de procupar las lisonjeras y fútiles huellas en el almizcle del viento.

Repito y entono las cadencias de la muerte, del desempolvado reloj de siglos veinte, pavor al terror. Pareciera que a una le gusta repetirse eternamente en el vértigo, cayendo a kilómetros de fondo, sin saber qué hacer durante el transcurso. Simular lágrimas sin incipientes lamentaciones, cavilando en nimiedades y comparaciones sin razonamientos, es por ello, que me doy pánico, un miedo terrible a mí misma. Mis reverberaciones pesimistas adueñadas de optimismo, y elucidaciones que declaran como la mejor opción definitiva el nihilismo. Y es que, he de decidir y decir que las reflexiones son un juego de niños en el cual nunca gano ni pierdo, ni siquiera rellena un mínimo de diversión, es más, tortura, aburre, condensa, tensiona la situación. Es hora de pasar página, pues, como sé, ya me la he leído cientos de veces hasta comprender el último punto.

domingo, 17 de enero de 2010

Lluvia

Un suspiro me lleva aullando durante todo el paseo. La luna, sin embargo, sigue tan lúcidamente brillante y el cielo tan penetrante como siempre. Siento que tras los escuetos treinta minutos que llevo fuera de casa alguien me está siguiendo, desde el exacto instante en el que se cerró la puerta. Y sigue el agonizante rumor vibrando en los tímpanos, giro a derecha e izquierda, instintivamente la cabeza, y nada. No he logrado aún vislumbrar a ese espectro que persigue mi sombre opaca. Sin embargo, si me fijo bien, puedo escuchar el sonido de truenos a lo lejos, y más aún una melodía. Sin que transcurriese una elucubración previamente, me he acercado a la casa en cuestión. En su dicha ventana -la cual está abierta, tremenda suerte- puedo distinguir a duras penas el reflejo de un rostro y unos brazos acompasados discurriendo por un piano. Dejemos las descripciones para otras vicisitudes, cierro los ojos y me inmerso en un jeroglífico de música. Únicamente aprecio inmersa la sublime, estelar, melodía; a la par que se me resquebrajan los dientes. Y prosigue el rumor a mis oídos, aunque sé bastante bien erradicarlo, ella, sabe cómo hacerlo, eminente melodía. Se me acerca, mientras tiemblo convulsamente, no sé si a causa del cielo o la música estelar, el espectro. Parece ser que me quiere a mí de alguna u otra forma, y no sé por qué. Ya podría haber ido a buscar a un ejemplar humano mejor cualificado, uno que no tuviese mis irregularidades e impulsos sentimentales. Sin embargo, decidió escogerme a mí, mientras no dejaba de preguntarme ¿por qué yo? constantemente, me sugerió:
- Aléjate de aquí.
Realmente, bastante conmovedor y gracioso. Unos minutos de descanso de agonía, y el espectro que -cuán equivocada estaba- no daba ni un resoplido de miedo (tenía un aspecto muy peculiar), pretende que esta común paseadora se alejase de tan buen destino. No podía por más que hincharme a carcajadas, que expulsaba directamente a su figura. Decidí dejar de burlarme de sus palabras y darle una pronta salida para seguir adulando la melodía:
- Tu idea es tan simple que me resulta absurda. Y lo absurdo no puede ser más que una nimiedad indispensable de eludir.
A lo que este respondió con una sacudida y se largó, indispuesto a alargar una conversación en vano. Bien, se había acabado el subrepticio murmullo y ya podía disfrutar del caótico e ininterrumpido martilleo convertido en música. Mis ojos retornaron a una mayor oscuridad de la ya existente y proseguía el tembleque corporal, ahora entremezclado con exhalaciones nerviosas. No entendía por qué me había seguido y se había presentado justo en ese momento y no antes, por qué me había dicho esas palabras ni tampoco por qué se había rendido con tan sólo un puñado de acusantes oraciones. No cesaba de pensar en aquel cómico fantasma, evocando también una imagen tétrica del acto, y olvidando por completo el motivo que me había llevado hasta ahí. Me estaba percatando, con platos como ojos, de que la oscuridad se había cebado con todo el entorno que me rodeaba, ni reflejos de un rostro, una ventana ni un movimiento veía ya, pues -por fin, me solía gustar creer- la noche estaba completamente nublada, suponía. Y añoraba la presencia del susurro, y no de la melodía, que se estaba precipitando hacia un final impredecible. De repente, tenía miedo, en todos mis paseos nocturnos, siempre sabía cómo regresar aunque no portase ningún distintivo que favoreciese mi localización ni la comunicación, no obstante, esta ocasión fue inopinadamente distinta a las anteriores. Era la primera vez que me afligía con tal terror el miedo, y los temblores se habían transformado en huracanes de autocompasión. Tomé, entonces, la decisión del retorno al hogar, claro que ante la oscuridad no tenía escapatoria, así pues, inicié el camino. La luna reapareció afortunadamente,mientras estaba vagando por la especie de bosquejo adyacente al edificio. Tras eternos instantes, tropecé con un objeto afilado y pulido, no obstante, pequeño y cómodo de esquivar, aunque me provocó ciertos rasguños e hilillos de sangre. Aumentaba mi desesperación, pues volvía a ensombrecerse, y pasé de trotar a correr como galgo, en medio de la inminente tormenta. Sabía en qué momentos debía dirigirme hacia cada recoveco, terminé derivando en un lugar recóndito ajeno a mi memoria. Temía porque se me saliesen de pronto las entrañas, pues el pulso se me aceleraba a pasos de gigante, cuando decidí frenar abruptamente el movimiento. No me había percatado antes de que los pies estaban congelados ni tampoco de que aquellas magulladuras había ido a formar parte del decorado de mis vestimentas. Estaba inmensamente agotada, no podía con el alma, por ello, me tumbé en la cama verde, levemente humedecida, y vislumbrando perpleja los viajes de los algodones en la noche. Parecía que estaban a punto de reventar, las espesas gotas resbalaron hasta el subsuelo, discurriendo velozmente por todos los lares. Estaba bebiendo agua del cielo, empapándome por completo, erradicando todo ápice de sudor, y podía haber llorado ahí sin que nadie se diese cuenta, podía haber gritado, y el redoble hubiera evitado su escucha. Ese incesante, monótono y fascinante retumbar lo hubiese borrado todo, incluso que, el espectro, seguía a mi lado.

domingo, 10 de enero de 2010

Mar

Marea, cómo cambias. Amanece otro día y sosiegamente destierras la vidriosa espuma de tu lado. Y transcurre uno y uno y uno, nuevo, nuevo, siempre nuevo, eternamente, con diferencia al anterior. No fluye el mismo agua dos veces por el mismo río. Azul que has desaparecido, tu fútil llama perdura avisándome de la metamorfosis, que pareciese que ahuyente, sí, culpable única, sí misma. Cambia, cámbialo, pronto, ya. Sin más trascendencias, tengo propósitos, en los que los incluyo y a la vez los excluyo. Necesito intimidad para una cosa y no para la otra. Me amoldearé a tus conveniencias si así lo deseas, te narraré los sucesos y si te desgastan mis ideas, lo siento. Clausúrame y prohíbeme las palabras. Aléjame sinceramente de tu lado. O aprisióname. Porque diré, que mucho más fuerte de lo que pudiese aparentar soy, sí, así es. Qué miedo. Que tengo mucho, tanto, por delante, que lo voy a lograr, abarcaré todo lo posible. Sí, esperemos que sí.

martes, 22 de diciembre de 2009

Hace meses...

El ámbito que nos rodea, una sombra que nos persigue, incluso en la oscuridad más absoluta de una noche sin luna. Es esta la que decide por nosotros y no así a la inversa. Sucede que cuanto creemos apreciar está interrelacionado con las pautas de otros y en el trascurso de este descubrimiento hacemos lo imposible porque nuestras decisiones sigan siendo nuestras, nuestros pensamientos no nos sean arrebatado y nuestros sentimientos no hayan sido reproducidos anteriormente. Lo cierto es que estamos clavados en una ruleta que continuamente gira dando lugar a nuevos acontecimientos hasta que rueda sobre sí misma y todo vuelve a suceder.

lunes, 21 de diciembre de 2009

Ida

Me miras, me aparto y con una sonrisa
bien fingida, dejo que fluya el descaro
común de mi mirada sobre tu arrogancia
transformada por las ideas que tramo
y es que me invade el pánico, no veía,
hasta ayer, tu huida de mi lado.

Ya... ¡Ya! No puedo inventar una mejoría,
y cientos de veces haré nada, no, trazo
unas rectilíneas que se salen de la ida
de mí, de mi vida, todavía no he reparado
en que las etapas acontecen y la mentira
deja de serlo, el mar no es tan diáfano.

Tus ojos, palabras, desvíos y estravagancias
sucumben a la inexorabilidad temporal chocando
con el terror y temblores inciertos de la ausencia
que tú sin apenas percibirlo has provocado
es que, quién fue el que te ordenó, agonía
a pulular por estos lares consumidos y atragantados
con la sinrazón que es la repulsiva vida
quién, quién, quién, te permitió y mandó
a que hicieras la mudanza, si ni siquiera avisarías
de que no regresarías, ni tú, ni el clamor
que perpetuamente hacías emanar a los días.

Lo innombrable e impalpable, levanta granos
de arena sobre la superficie y el brillo de bahía
murmulla subrepticiamente con los pasos
de pies candentes e incandescente alegría
del oleaje perpetrado de peces nadando,
tan solitarios, apareciendo en la eternidad,
a la vez, tan breve y acabada la razón.

Es que, yo, buscando en la rebeldía
las fronteras, me temo, he traspasado,
y, ahora, sola, sola, se esfumará la vida.
Que tú fuiste producto del delirio causado,
pero ahueca en tus sentidos una nostalgia,
una añoranza al recuerdo nunca consumado.


jueves, 10 de diciembre de 2009

Ojos otra vez

Una inusual patología le recorría las entrañas, su ojo derecho poseía un tamaño inferior al izquierdo. Y solía temblarle y aplastarle la cara, se le enrojecía, picaba, se rascaba. Mordía sus dientes, sus propios huesos. Inopinadamente, retumbaba en sus párpados una opulenta descensión. Deseaba. Tanto. Tantísimo. Pensaba en que un día moriría, y nadie le recordaría. O, en el caso casi imposible de que sí, terminaría olvidando a ese ser desviado de su vida. Sería algo así como nada, no existencia. Aunque ya desde el principio lo hubo sido.
Nadie le preguntó si quería nacer, toda vida es toda muerte. Si no hubiera vida, no habría muerte. Y así estaba, no había vida, nada lograba palpar, apenas le funcionaba el ojo derecho, caía una y otra vez, ajeno a la cadencia de los segundos. Parecía que a la par que ejercía una subida el izquierdo, el derecho iba casi alcanzándole, pero siempre por detrás. Como decían, uno siempre irá por detrás de otros. La superioridad que ejercía el izquierdo le hacía resquebrajar sus afanes de mejora, dilatar su impotencia. Ni siquiera se atrevía a mirar a otros a la cara no fuera a ser que vislumbraran la disimilitud existente, de modo que cuando hacía el amago de tener una conversación, no dejaba jamás de observar el suelo mientras el otro veía inútilmente el rostro oculto.
Siguió así desvaneciéndose por diversos lares, hasta que un día un reflejo rebotó con una piedra cantora que se encontraba bajo sus pies, donde, a su izquierda, había un diminuto charco de agua -probablemente provocado por la lluvia de la madrugada-. Dirigió sus ojos hasta el propio reflejo y se sorprendió, había transcurrido tanto tiempo desde la última vez que se había visto en el espejo. Ahora, estaba desaliñado, con una maraña de pelo con vestigios blanquecinos y unos zapatos andrajosos, sin embargo, vislumbró un detalle que lo dejó, si cabe, aún más perplejo. Parecía que aquella mirada había adquirido cierta simetría, uno no caía antes que otro, ambos iban a la par. ¿Qué clase de sortilegio había provocado ese súbito cambio? Sólamente indagó en preguntas por el estilo durante escuetos segundos, pues, posteriormente, exclusivamente se dedicó a pegar saltos -imaginarios- por doquier y bajo la escrutadora mirada de todos. Así pues, logró que aquel pánico se transformase en una satisfacción inmedible por poder, por fin, clavar sus ojos en los de otros.

jueves, 3 de diciembre de 2009

R1

Un no, más, y otro más. Negación de lo que fue, de lo que era y será. Estuve pensando en la muerte porque moriremos. Dejaremos de existir, tenemos un tiempo limitado, y, ¡maldita sea!, se va la vida. Qué piensa uno cuando llega a los finales de sus días, querrá dejar de existir, ya, cansado por la vida, o tal vez, tenga ansias de haber hecho lo que no pudo, y el miedo se apodera cada vez más de uno mismo. Y si no se llega a contemplar lo qué es la vida, ni a sentir cada una de sus agonías, y si, morimos antes de lo previsto y caemos por el abismo, qué queda. Resquicios de cenizas.
Despertando en aquellos días en que la melancolía arrase con todo lo que las leves ráfagas arrastran, consumiéndose, perpetuamente. Aquellos en que los vaivenes retornen sobre sí mismos, alternando los sentidos, trasladándose a otra dimensión. Una incógnita que aún suspira en los oídos. Un ligero adiós tras nuestras espaldas distanciándose. Existimos cuando vivimos, y en la muerte acaba la existencia, así que, no nos concierne esta última. ¿Para qué el miedo al fin? Es necesario pecar, acabar con uno u otra cosa -inevitablemente- siempre se hace. Incluso con los principios, las ideas, que tuvimos desde un principio, las exterminamos tarde o temprano. Fingimos desear algo cuando ni siquiera sabemos lo que deseamos, empero, de qué otro modo sino consolidaríamos nuestra esencia. Así pues, derrotamos todo aquello que creímos nuestro para la eternidad, desde luego, el fin es inherente. Y, telón abajo, más miedo.

sábado, 28 de noviembre de 2009

Poema narrado

Ahí está mi madre ahíta de fregar
Era la novena vez que la lejía caía
Y mientras el líquido se escurría
Comenzaba su crepitante lamentar
Se escudaba en el cenizo suelo
Resbalaba y se estampaba contra la pared
Tras inciertos instantes su pelo
Se entremezclaba con un inopinado trance
Sus decibelios se disponían a aumentar
Me irritaba las entrañas su continuo gritar:
-Sí, madre, yo hice que se vertiera
El aroma de la lejía por toda la alcoba
Por favor, precediendo al descubrimiento sea
Usted benévola conmigo y no recoja
Ni una mísera gota de agonía
No, amada mía, cuidadora eterna
Ni se te ocurra arrojar tu monotonía
Por la polvorienta ventana trasera-.
Madre, ¡qué has hecho!
Fue culpa mía, recuerda de mí
Que te he apreciado y que te quiero
Esos pedazos de cristal se entierran
En las yemas de mis dedos
Mientras la sangre borbotea
Y veo tus ojos, lejanos, escrutando el cielo

lunes, 23 de noviembre de 2009

Amor en vías de escape

Me despierta una pesadilla
en ella, tú, hace días que no llamas,
semanas, dijiste "volveré a llamar",
pero el vaho de tu aliento aún
no me ha susurrado en el cuello nada
y descaradamente, ahora suena el teléfono.

Tú de nuevo, ¿quién te pidió aparecer?
ahora soy yo quien no te llama,
que me echas de menos, te atreves a insinuar,
corazón, el tiempo ya corrió por los dos,
vestigios de tu voz todavía retumban en mi cama
mas tú, corazón, para mí ya eres nada.

Rozabas la perfección con tus melena alocada,
pero ahora eso sólo es recuerdo de ilusión,
que ya no retornarás a mi amor, corazón,
formas parte del pasado de antaño, amor.

¿Rememoraciones de tus caricias?
que me ponen la piel de gallina,
sí, corazón, aún padezco de esas palpitaciones
mas desconfía que tus intenciones
desaparecieron hace tiempo en mis días.

Corazón, que se me olvidó decirte
algo que todavía me hace bramar
que no me deja descansar y, terrible,
fue el motivo de mi pesadilla,
tú aparecías y me susurrabas:
'amor, tu brillo me ha paralizado'

Poem

Sombra remota que peca
intentando pronunciar un eco
que despierta una mueca
en ruborizados cabellos
-demacrados y polvorientos-.

¡Oh! Endemoniada alma
que te disfrazas de palabras
pertubadores designios
encomiendas con silencios
-como cadencias sin sentidos-.

Y sostienes ¿tú?, mismísimo
Anticristo, pura vileza,
que los días insípidos
son fruto de la maleza
intrínseca de aviones
zumbantes de reflexiones.

Osas contradecir al pensamiento
¿que no vivimos murmullas?
ay, inocente marea, eres miedo
para tempestades mudas
no te preocupes mensajero
tu hastío será lo que te consuma.

viernes, 13 de noviembre de 2009

Hálito

Increíble era cómo cada vez que hablaba con alguien lograba atisbar el ángulo exacto en el que miraban aquellos ojos, el cariz de las pupilas y la forma en la que se entremezclaban con los diversos matices del iris, ni siquiera atendía al surtido de señales que trazaban el momento. Se quedaba impreso en la magnitud de aquellos ojos, a pesar de que sonasen cadencias de voces apresadas de apreciable significado, aunque la tormenta amenazase con engullir el tejado que los sostenía. El balbuceo de palabras hacía constancia mientras se sumergía en sus divagaciones sobre qué trayectoria y qué clase de acontecimientos habían pasado esos ojos.

Irrevocable, tú

Atisbos de recuerdos y de ensoñaciones unidos a la arraigada melancolía que cosecho cuando te recuerdo. Porque los sucesos que acontecen me hacen recordarte, a ti y a tu olor, también a tus palabras, que me acariciaban la espalda y ruborizaban mis cabellos. Desde luego, no dejan de persistir tus ojos de mar en las tan infrecuentes -ahora- rememoraciones. Pero es que, te irás -ya lo creo que sí- muy pronto, demasiado, te echaré de menos. Sí, no sé el qué, quizá tu presencia lejana, mis ansias de amar algo vertidas en ti. Y seré un nombre borrado por siempre en tu memoria, junto con muchos otros, aquella que fue tan sólo una más entre otras, en eso me convertiré -nos convertiremos-: en huellas de ceniza. Amor oxidado, no te darás cuenta jamás de que tú permanecerás en mis evocaciones, sí, sí. Que todavía tengo el descaro de decir que te quiero, tan sólo porque necesito querer a alguien. Y es que sin la visita escrutadora de tus ojos aún siento su llama arder, los lisonjeros pasos que recorres, leves, hacen mella todavía en mi desaliñada compostura. Ay, en fin, tan sólo desearía un último momento, aunque breve, juntos, a pesar de que no fuese como mis sueños de antaño. Por favor, recórreme las entrañas, por una última vez, házlo pronto, antes de que sienta que esta chispa no retorne, exclusivamente regálame una mirada.

martes, 3 de noviembre de 2009

M

Tengo ganas de escribir. Me invaden una y otra, y retorno a la una y vuelvo a la vez. Madre mía. Cómo me inspira un piano, una melodía, una música. Necesito expresar estas ansias de rozarla lo más cercanamente posible. ¿Cómo osas ser tan maravillosa? Espectacular e impredecible. Llena de magia, adquiriendo énfasis diversos por momentos. Te amo. De verdad, tu voz supera a cualquier otra humana. Tu sinceridad me abruma en exceso, no te puedes comparar a otro. A un él. A unos azules ojos e intrincadas palabras. Ni tampoco a una tristeza aparente en el caminar. Eres todo. Música, eres diosa, omnipresente, omnisciente, omnipotente. Tú eres mi todo, por ti vivo. Las palabras foráneas se convierten en melodías disonantes, unas ocasiones espeluznantes, otras acogedoras. Pero yo, música, te seguiré manteniendo en mi regazo, acunándote y cuidándote. Pues tú no te irás de mis manos, siempre estarás pegada junto a mí, las dos formaremos un tratado irrompible, en la que cada una vivirá para la otra. Sólo por y para aquella otra; y para siempre inseparables.

Improvisación

A intervalos se siente ridícula. Observando a lo lejos sombras de gente, colores indefinidos. Se oyen pájaros silbando en los gigantes árboles que contempla. Está sentada en un banco, frente a una iglesia erigida años atrás. Con los árboles amurallados bajo una capa de cemento. Ruido de coches, viento, voces. Silencio. Fragmentos de basura rodando por el suelo, con vaivenes inciertos. Aire ligero acelerando su velocidad. Tranquilidad. La vislumbran remotamente suponiendo el qué hace mientras sus rizos se enmarañan con la atmósfera. Y hablan, inventan relativas teorías, cruzándose contrariedades. Diversidad de sensaciones. Tumulto de bolígrafo acude a su llamada. Aprecia su respiración indagando la estructura de la iglesia, ve a un hombre surcándola por las afueras. El verde tóxico se refleja en las direcciones ejecutadas por el pequeño ramillaje. Y aparece de nuevo ese hombre, haciendo fotos de la magnificencia de la pintoresca arboleda. Ahora de la iglesia. Ofrece pintas de montañero, perro viejo. Con la mochila bien fijada. Oh. Música. Tradición de su pueblo: timple, laúd, guitarra; que se escucha de fondo. En este momento, la fuerza sostiene la escoria y es arrojada a su contenedor. Pitas escuetas, ladridos de perros. Movimiento de pasos. Dueña y perro ladrando dan un paseo. Naranja colorido y peludo. Vacío de calles de nuevo. No, se regocijan risas. Más gente, más pasos. Acercándose y alejándose, viviendo vidas. Surtido de trescientos mil colores. Sin embargo, ella sigue sin determinar cuál será el suyo.

domingo, 1 de noviembre de 2009

Ojos

Cayendo cíclicamente al tiempo que asciende y roza los astros. Se encuentra en una oscilación recíproca con su imagen en el espejo mientras hace el amago de hallarse a sí mismo, en la espesura de cavilaciones delirantes. Los lapsos de tiempo se transforman en horas, sin sentido. Empero sigue sin comprender que no nació para desarrollar los mismos hábitos que los otros. No nació para ser uno más del montón que vive desmesuradamente agotando los recursos y asfixiándose en el consumismo alocado. No, no fue concebido para vivir superficialmente, adscrito a los típicos aspectos imprescindibles de todo humano. Sólo existe para observar las trivialidades y cómo el ligero pero inexorable paso del tiempo va formando cúmulos de recuerdos hasta que una catástrofe los reduce a cenizas. Nació para distinguir la belleza de una palabra con la de una mirada, para detallar el cariz de los colores y confundirlos con sonidos enigmáticos. Y sobretodo, para admirar vehemente las sonrisas foráneas, apegadas al fulgor de ojos. Profundos. Únicos.